


Si los frailecillos se atiborran de pequeñas anguilillas de arena es que las cosas van bien. No sé si me produjo más placer fotografiarles y contemplarles en su incesante viaje del mar a la madriguera o comprobar que muchos llevaban pescado y no se trataban de una o dos "sand eels" sino hasta quince o más. Cada año es una nueva aventura. Se repiten ciclos, como ritos, pero nunca dos años son iguales. Esa mezcla de fenómeno esperado pero con un cierto grado de impredictibilidad hace de cada primavera y verano, de cada estación de cría un suceso que merece la pena frecuentar y repetir. Una auténtica feria para el observador de aves.