domingo, 9 de septiembre de 2007

La flecha de las salinas



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Me encanta perseguir a los bichos en vuelo.

Encuadrar de puro reflejo ya es difícil. Atrapar a una gaviota o un fumarel en el agua, incluso un charrán común es un poco más difícil... pero lo que sí que pone a prueba mis reflejos es perseguir a un charrancito con la cámara cuando se decide a picar por un pez. Es como el tiro al plato, imagino, un deporte sosegado para que los que ya no somos vivarachos adolescentes tengamos oportunidad de mantenernos en forma. Nada de barreras, flashes ni cebos. La paciencia también es una ventaja de los que no somos vivarachos. La luz de esta foto es el sol poniéndose tras los pinos de Doñana y sus compañeras son muchísimas fotos con peores posturas, peor luz, de culo, desenfocadas, con alas cortadas... todas ellas costaron lo mismo y divirtieron en su ejecución lo mismo, pero... ay... cuando uno llega a ese ordenador y ve en grande una que no le desagrada... ¡qué sensación de satisfacción! También está la serenidad y la unión con estos protagonistas de la acción. Este instante es solo una pequeña fracción de segundo, pero pasas todo el día viendo como luchan, se pelean por las zonas, alimentan a sus pequeños... no es un deporte para ellos. No jugamos a lo mismo. Yo estoy relajado, en íntima unión con la naturaleza, inundado de luces mágicas y respirando aire marino salino y todo ese rollo... vale. Pero ellos se juegan la supervivencia de sus pollos y de ellos mismos con cada visita, con cada acometida. En realidad, como esos espectadores de las obras que las miran manos a la espalda, soy testigo de un proceso dinámico en el que soy ajeno. Vale. Hasta otra.

Oh, no! More slender-billed...







Pues, sí... más picofinas. Tengo cierta unión sentimental con este grupo de picofinas gaditanas que, indiferentes, luchan por sobrevivir tal vez sin saber que son tan pocas en un territorio tan extenso y que, si nada cambia, su estirpe peligra y pueden no perpetuarse. Su dependencia de las salinas, esteros, aguas muy someras y cargadas de biomasa es grande. Supongo que en tiempos muy lejanos había multitud de lagunas en la costa. Hoy ya solo hay urbanizaciones y proyectos de más. Vaya aqui el testimonio de su vida relegada y modesta pero elegante. (todas se pueden hacer más grandes haciendo click)

jueves, 6 de septiembre de 2007

Un instante de paz


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De los pocos momentos en los que me he metido en el hide este verano, estos instantes fueron de los más plácidos. Un par de depredadores humanos enormes (el Adolfo Ventas y yo), armados con sus aparatos metálicos electrónicos diseñados por su especie ocultos para no revelar su aterradora presencia a estos bichos. Tranquila, confiada, pausada, rodeada de luces cambiantes mientras caía la tarde del último día de Julio. El aire plagado de libélulas doradas por el sol y un silencio solo turbado por el piar esporádico de las cigüeñuelas y por nuestros clics (esta vez sonido canon, algo más amortiguado que los clics sonoros de mi nikon).

Cuando más bellos eran los reflejos en el espejo de agua, revelando las eneas de las orillas, una de las libélulas se posó en las plumas de la cola de la cigüeñuela y permaneció allí, subiendo y bajando con el andar y picotear suave y rítmico del ave por quizás un minuto antes de volver a unirse a la nube dorada que nos cubría.

La sensación de no ser, por un momento, la causa de una terrible turbación en el comportamiento de los animales es agradable y parece transportarnos a tiempos míticos. Sin embargo, he de decir, que estas avecillas tan estilizadas cuando se enfadan son algo que te pone los vellos de punta. No dudan en atacarte si te acercas a sus pollos gritando como posesas.